Por mil varos
Hasta ahora no he conocido a persona alguna que rechace alguna cantidad de dinero; preciado concepto de riqueza en un mundo vano conquistado por la necesidad material de posesiones físicas y más recientemente, materiales. Un tanto más arraigado en el mundo occidente, el precepto de “cuánto tienes, cuánto vales” domina en la sociedad moderna.
Vemos sorteos, rifas y promociones a diestra y siniestra ofreciendo cualquier cantidad de premios… la idea del dinero rápido y fácil (léase: dinero no obtenido por el legítimo trabajo) hace brillar los ojos de más de uno. Ya estamos tan habituados que no es poco común escuchar a alguien hacer planes con los 167 millones que vienen en la bolsa acumulada del Melate, tener sus tres números para los sorteos semanales del trébol o ir conservar cuidadosamente su “cachito” terminado en siete. Desde que el Jefe Diego metió mano en SEGOB, se han multiplicado los salones de juegos de números y máquinas tragamonedas virtuales –con la respectiva participación de Televisa disfrazada de PlayCity– como el café de la Sirena lo ha hecho alrededor de occidente.
Llama mi atención, sobre todos estos medios de hacerse millonario por azahar, las promociones millonarias que ofrecen “casas” (en realidad el premio es un vale por hasta $700,000 en desarrollos de una constructora determinada) cada semana, premios al instante (al invertir varios miles de pesos que no generarán un centavo de interés para quien los proporciona) y desde hace unas semanas, “mil pesos cada hora”. Suena fácil y posible.
Sin embargo, pocos (me gustaría poder aplicar aquí un término correspondiente al 0.01% del universo en cuestión) se detienen a revisar cuánto costarán sus premios. Veamos por ejemplo, el caso de las botellas de agua millonarias que dan mil pesos por hora: no está muy claro, en principio, cómo se sortea al ganador. En sus bases, se estipula que el registro número 46 de cada hora será acreedor al premio de $1,000.00 de esa hora, comprendiendo cada hora entre el segundo 0 y hasta el minuto 59 con 59 segundos, de 7 am a 10 pm. Si seguimos leyendo las cláusulas y mecánica de participación, al registrar un código –resulte ganador o no– otorgamos a la empresa promotora la autorización para enviarnos publicidad por correo electrónico y/o vía telefónica mientras no indiquemos lo contrario (aunque no señala cómo hacerlo). Las empresas involucradas se deslindan, además, de cualquier suceso que pueda alterar la mecánica de la promoción, aún cuando pudiese ser imputable a su responsabilidad. En las bases se señala que se considera falsa y sin valor cualquier grabación, robot, impresión de pantalla o cualquier otro medio para comprobar que el participante obtuvo el premio, por lo que en caso de un fraude interno, no existe forma de reclamación.
Finalmente, y lo que más pena da, es que al aceptar el premio, en caso de resultar ganador, te obligas a ceder los derechos “para utilizar y publicar su nombre e imagen en anuncios y campañas publicitarias, transmitidas o divulgadas por cualquier medio o forma o fijadas en cualquier tipo de soporte material, relacionadas con la presente promoción, sin remuneración adicional alguna distinta del premio recibido, dentro o fuera de la República Mexicana.” Todo por un pago único de $1,000.00 MN: ¡Toda una ganga para la embotelladora!
Yo por mi parte, seguiré bebiendo agua de la llave. Mi imagen vale más que mil varos de una empresa tramposa como tantas en este país.
En la ruta multicolor de la política, precisamos hacer mención del rojiblanco con bandera arcoiris, promotor de las causas de las minorías, la despenalizacion nacional del aborto, la legalización de las drogas y otras más propuestas reformistas dignas de una izquierda pensante. Suena muy bien, parecen decentes y absolutamente desconocidos, sin embargo, no sus propuestas ni se vislumbra una visión macroeconómica para el país.
